El jueves pasado tuvimos la oportunidad de visitar "La Casa del Migrante" en donde además de comer con los recién deportados, conversamos con ellos.
Reacción Emocional al Incidente
La visita al albergue cambió la visión que tenía sobre la situación. Primeramente, me tomó por sorpresa que todas las personas con las que conversé tenían el interés genuino de platicar sus historias. Historias humanas de padres, de hermanos, de empleados que planean regresar (en la mayoría de los casos) para reunirse con sus familias y reintegrarse a sus espacios.
Durante la conversación sentí culpa cuando se me preguntó si poseía una visa y sobre la frecuencia con la que cruzo al otro lado.
Interpretación Cultural del Incidente
El concepto que tenía sobre lo que es un migrante ha cambiado, se ha enriquecido. El migrante ya no es ese ente amorfo ni errante. El migrante es una persona trabajadora, con familia en ciertos casos, que incluso llevaba ya varios años en los Estados Unidos al momento de ser deportado, propietario de un hogar, perteneciente a una comunidad. Un migrante es una persona, no implícitamente criminal, no implícitamente un intruso.
Respecto a la culpa, la mejor forma de mediar la razón con mis sentimientos es dejarme claro que ni el migrante ni yo mismo elegimos el contexto en el que nacimos y nos desarrollamos. Un entendimiento que implica empatía, aunque no me atrevería a asegurar que puedo ponerme en sus zapatos y ver las cosas desde su perspectiva. Mi nivel de entendimiento es limitado por mi propia realidad.

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